Los herederos de Simón Ruiz

Los que me conocen saben que soy un gran admirador del negocio del Private Equity. Me parece una de las formas más puras de inversión en valor que existen. ¿Qué es al final un fondo oportunista sino eso? Alguien que va buscando continuamente oportunidades de inversión al alcance de pocos y aprovecha esa posición y el dinero de clientes e instituciones para maximizar sus ganancias. Simplemente identifica una necesidad real de capital, la financia en condiciones que reflejan el riesgo verdadero, y espera.

Es la forma más antigua de hacer dinero que existe. Y también, paradójicamente, una de las más incomprendidas.
En España, con la narrativa de los fondos buitres etc.. se les ha asociado históricamente con una de las áreas que con el tiempo se ha ido convirtiendo en una más, y en algunos casos incluso no la mayor, pues son conglomerados presentes en diversas tendencias que se van reinventando y readaptando buscando el sol que más calienta.

Esta semana lo hemos vuelto a ver.

Las acciones de Apollo Global Management y Blackstone cayeron más de un 20% desde sus máximos recientes. Apollo perdió un 8% adicional en un solo día. El mercado, nervioso, buscaba una narrativa que explicara la caída. Primero el argumento fue que habían financiado demasiada infraestructura de IA y serían las grandes perdedoras cuando la burbuja estallara. Después el argumento se invirtió: la IA iba a destruir tantas empresas de software en sus carteras que los gestores alternativos serían las víctimas colaterales de la disrupción.

Un analista de T. Rowe Price lo resumió con una honestidad poco habitual en el sector: «La narrativa ha cambiado de dirección, pero la conclusión sigue siendo la misma. Eso probablemente significa que la narrativa no es correcta.» ¿Curioso, verdad?

Mientras el mercado discutía si eran tirios o troyanos, Apollo cerraba una operación de 3.500 millones de dólares para financiar la infraestructura de xAI. Blackstone anunciaba el lanzamiento de una sociedad cotizada cuyo único propósito es adquirir centros de datos para la IA. Desde 2022, Apollo ha desplegado más de 40.000 millones de dólares en infraestructura de nueva generación.

No parece la estrategia de quien teme el cambio.

Es más bien lo que haría quien lleva meses posicionándose para financiarlo.

Cuando veo esto, me gusta echar un vistazo al pasado. No para buscar consuelo, sino para buscar perspectiva.

Porque una de las cosas más útiles que puede hacer un inversor es distinguir entre lo que cambia y lo que no cambia como bien nos recordó Housel en su libro. Entre las profesiones que mueren con cada ola tecnológica y las que sobreviven a todas ellas. Entre los negocios que dependen de una tecnología concreta y los que dependen de una necesidad humana permanente.

Y la historia, si uno se molesta en mirarla, es bastante clara al respecto.

Pensemos en quién vivía de su trabajo en la España del siglo XVI.

El pregonero recorría las plazas anunciando edictos y noticias a voz en grito. El copista reproducía manuscritos de los monasterios. Todos ellos ejercían oficios respetables, algunos con siglos de historia, muchos transmitidos de padres a hijos durante generaciones.

Y todos ellos iban a desaparecer.

No de golpe. Nunca desaparecen de golpe. Primero llegó la imprenta, y el copista dejó de ser necesario en la misma medida , aunque tardó décadas en aceptarlo. El pregonero sobrevivió siglos gracias a que los analfabetos seguían siendo mayoría, pero la prensa lo fue arrinconando hasta convertirlo en una curiosidad folclórica que hoy vemos en algunos pueblos.

Avancemos dos siglos. En el XVIII nació en España una figura que llegó a ser parte del alma de sus ciudades: el sereno. Recorría las calles de noche con su farol y su chuzo, anunciaba la hora y el tiempo gritando, abría portales, daba seguridad a los vecinos. Era una institución. En Madrid llegó a haber más de dos mil. Tenían su propio lenguaje, sus rutas, su jerarquía. Generaciones de familias se pasaron el oficio de padres a hijos.

Duró hasta los años ochenta del siglo XX. La llegada del portero automático, la iluminación eléctrica y los sistemas de seguridad privada lo fueron arrinconando sin dramatismo, sin decreto, sin que nadie declarara oficialmente su fin. El último sereno apagó el farol cuando yo era niño.

Hay una pauta que se repite con una regularidad casi divertida. Cada nueva tecnología crea una profesión que parece permanente, y que resulta ser tan provisional como la que destruyó.

Pero hay algunas excepciones.

Y no hace falta irse a los Rothschild ni a los Morgan para encontrarla. No hay que cruzar fronteras ni buscar en la historia anglosajona como suele ser habitual en la literatura financiera. En España tenemos un ejemplo propio, fantástico y como casi todo lo español, tristemente olvidado.

Su nombre era Simón Ruiz. Mercader de Medina del Campo. Muerto en 1597.

Desde su despacho en Castilla, financiaba mercaderes en Amberes, especieros en Lisboa, guerras en Flandes. Movía capital de donde sobraba a donde faltaba, evaluaba quién iba a devolver y quién no, y cobraba por ello. Construyó una red de corresponsales por toda Europa que funcionaba como un private equity paneuropeo. Sus archivos , miles de cartas sobre precios, rutas y riesgos, se conservan hoy en Valladolid y son uno de los registros financieros privados más completos del siglo XVI.

Era, en todos los sentidos prácticos, algo parecido a un fondo buitre.

Sus mayores clientes eran los reyes. Felipe II le debía dinero. Y Felipe II suspendió pagos tres veces. La última, en 1596, golpeó a Ruiz directamente en sus últimos meses de vida. En su propio testamento escribió, con una honestidad que estremece:

«Quando yo hize el dicho testamento tenía muchos bienes, bastantes para todo lo que ordené… y después acá, por razón de un decreto qu’el Rey don Phelippe hizo, tengo muchos menos bienes.»

Renegoció. Aceptó condiciones peores. Recuperó parte del capital. Y con lo que le quedó, construyó un hospital en Medina del Campo que sigue en pie hoy.

Como todas las historias veraces y no edulcoradas, el final no tiene porque ser el mejor.  Pero echar un vistazo al proceso de su vida, nos puede dar algunas lecciones interesantes.

Lo que hace extraordinaria la historia de Ruiz no es que sobreviviera a las quiebras reales. Es que entendió algo que los inversores modernos siguen aprendiendo a golpes: que su negocio no dependía de ningún cliente concreto, ni de ninguna tecnología concreta, ni de ningún reino concreto.

Dependía de algo anterior a todo eso: la brecha permanente entre quien tiene capital y no sabe dónde ponerlo, y quien sabe dónde ponerlo pero no tiene capital.

Esa brecha existía en las ferias de Medina del Campo. Existe hoy y probablemente existirá mientras exista la economía.

Cuando la lana castellana dejó de ser suficiente, Ruiz se movió hacia las especias. Cuando los circuitos financieros tradicionales se bloqueaban por las guerras en Flandes, desarrolló nuevos instrumentos. Cuando en Sevilla se llevó un buen rejonazo por el comercio con América, reorganizó sus negocios reduciendo el foco a Francia, Flandes o Italia. No apostó por ningún reino en particular. Financió el movimiento del valor a través de todos ellos.

Cuatro siglos y medio después, Apollo y Blackstone hacen exactamente lo mismo.

No apuestan por xAI ni por ningún modelo concreto que gane la carrera de la inteligencia artificial. Financian la infraestructura que todos van a necesitar independientemente de quién gane. Los centros de datos son las nuevas rutas comerciales. Los semiconductores son el nuevo oro. Y el capital privado que los financia es la nueva letra de cambio que cruza fronteras sin que el mercado público lo vea ni lo entienda todavía.

Pero Apollo y Blackstone no son los únicos que están recibiendo buenos leñazos que merecen ser analizados con calma.

En las últimas semanas, S&P Global cayó casi un 20% en un solo día tras publicar unas previsiones para 2026 ligeramente por debajo de lo que esperaba el consenso. El pánico se extendió de inmediato y Moody’s cayó más de un 10% (presentó días después resultados espectaculares), MSCI acompañó la caída. El argumento del mercado fue el habitual en estos momentos de ansiedad tecnológica: la IA va a democratizar el análisis financiero, va a erosionar el poder de fijación de precios de estos negocios, va a hacer que cualquiera pueda hacer lo que ellos hacen.

Es un argumento que suena razonable hasta que uno se para a pensar en qué venden realmente estas empresas.

No venden análisis. Venden confianza institucionalizada.

Una calificación de Moody’s o un índice de MSCI no tiene valor porque sea difícil de calcular. Lo tiene porque todo el mundo la reconoce, porque está incrustada en marcos regulatorios, en mandatos de inversión, en contratos legales de todo el mundo. El S&P 500 es el fundamento sobre el que se construyen decenas de billones de dólares en productos de inversión pasiva. No es un dato. Es el idioma en el que hablan los mercados de capital globales.

Morgan Stanley lo resumió esta semana con una precisión que me parece difícil de mejorar: la venta fue «rápida e indiscriminada», y ese tipo de reacciones «a menudo marcan momentos de oportunidad». Más del 70% de los beneficios de estas compañías, añaden, proviene de áreas que consideran en gran medida protegidas frente a la disrupción de la IA.

Hay algo profundamente irónico en todo esto.

El mercado teme que la IA destruya el valor de quienes certifican la calidad del crédito, construyen los índices de referencia y proveen los datos sobre los que se toman las decisiones de capital. Pero cuanto más capital fluye hacia la IA , cuanto más se construyen data centers, se emite deuda para financiarlos, se crean nuevos vehículos de inversión para capturar ese crecimiento, más necesita el sistema exactamente eso: alguien que certifique, que indexe, que mida y que financie.

No son las víctimas de la ola. Son parte de la infraestructura que la ola necesita para avanzar.

La inteligencia artificial está haciendo con el conocimiento lo que la imprenta hizo con la copia manual, lo que el telégrafo hizo con el mensajero, lo que la iluminación eléctrica hizo con el sereno. Está convirtiendo en abundante algo que era escaso. Y en ese proceso, muchas profesiones van a vivir su momento de quedarse desfasados.

Pero el intermediario de capital, probablemente no.

Porque su función no depende de ninguna tecnología. Depende de una asimetría humana que ninguna tecnología ha resuelto nunca, y que la IA tampoco va a resolver. Alguien tiene capital y no sabe dónde ponerlo. Alguien sabe dónde ponerlo y no tiene capital. Entre los dos, siempre habrá alguien dispuesto a cobrar por unirlos. Más que una profesión, es la esencia del capitalismo.

Es el sistema en si.

Eso hacía Simón Ruiz en 1575.

Eso hacen algunas empresas en 2026.

Y mientras el mercado debate si sus acciones merecen caer un 20%, ellos están firmando los contratos que financiarán el mundo de mañana.

El pregonero ha muerto. El copista ha muerto. El sereno ha muerto.

Simón Ruiz lleva 450 años muerto, pero su oficio sigue vivo.

No hace falta irse a los Rothschild para entenderlo. Estaba aquí, en Castilla, desde siempre. Sólo que al ser español probablemente no lo harás escuchado nunca.

Quizá va siendo hora de que vayamos cambiando eso.

Un comentario de “Los herederos de Simón Ruiz

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