Incerta solita

Era otra España, claro, pero la cuestión es más sencilla: no se puede beber dos veces del mismo río.

Hace doce años, una tarde, leí un artículo que me pareció de un sentido común abrumador. Todavía digiriendo la resaca inmobiliaria que había explotado unos años antes, el texto argumentaba el sinsentido de comprar inmuebles en España.

La tesis básica juntaba el exceso de construcción de la década previa con una demografía inquietante. Para avivar más el fuego, los boomers que durante años habían visto en el ladrillo la mejor forma de ahorro pronto empezarían a legarlo a sus herederos, que añadirían todavía más oferta y colapsarían aún más, si cabe, los precios de derribo del momento.

La eterna decisión entre comprar y alquilar, zanjada siempre con goleada a favor de la compra, viraba hacia un consenso opuesto: tenías que ser un poco ignorante para no alquilar y seguir perpetuando el ahorro ladrillero del imaginario español.

Doce años han pasado desde entonces. Para muchos, una eternidad. Para otros, un suspiro.

Por las paradojas del destino, nada de aquella sensata predicción evolucionó como tal. Hoy nos enfrentamos a algo distinto: un aumento demográfico enloquecido y unos precios que, lejos de asentarse, siguen subiendo en una espiral en la que si decidiste seguir de alquiler, cada vez tienes más difícil pasarte al bando comprador.

Ya ven, el mundo sigue avanzando por su camino, sin importarle demasiado cuán bien argumentado estaba el futuro.

Ayer fue otra tarde, sólo que doce años más tarde. Y de nuevo, si hacemos caso a las predicciones de los más listos, el futuro será sombrío para la mayoría de empresas y profesionales. Llevas media vida programando, haciendo diagnósticos médicos o cualquier otra profesión en el punto de mira de la disrupción, y ya te ves buscando hueco bajo un puente.

Los argumentos son sensatos y lógicos. Y sin embargo, a poco que te asomes a la realidad, el viejo Jevons asoma con su paradoja: las nuevas posiciones de ingenieros de software se han multiplicado en lugar de menguar, al menos de momento. Curioso esto.

Esta es la foto que hoy inunda las noticias económicas. Dentro de otros doce años, cualquier parecido con lo que ahora imaginamos será probablemente pura coincidencia.

Aunque la mayoría de libros de inversión dejan poco poso, de vez en cuando alguno te abre una idea que, siendo lógica, no tenías interiorizada. O la intuías sin saber su consistencia real.

Una de esas ideas, que si no me equivoco democratizó Lynch, es que los mejores inversores se equivocan cuatro veces de cada diez. En el estudio que leí este fin de semana van más allá: entrevistando a gente con muchos años de experiencia, esa tasa sube hasta encontrar inversores muy exitosos que se equivocan el 52% del tiempo.

La diferencia está en cuánto pierdes cuando estás equivocado y cuánto ganas cuando aciertas. Por definición, en la renta variable «long only», el suelo de la posición es cero y el cielo, teóricamente ilimitado. El tamaño de las posiciones, lo que tardas en cortar las pérdidas cuando te has equivocado y la consistencia del proceso es básicamente lo que diferencia, según los autores, a los buenos de los mejores.

A estas alturas seguro que te preguntas qué tienen que ver el ladrillo, la IA, el mercado laboral y cómo gestionan sus carteras algunos profesionales.

La respuesta es siempre la misma: cómo manejamos la incertidumbre.

Howard Marks alerta de retornos pírricos del SP500, los expertos influencers nos bombardean con mensajes apocalípticos o futuros utópicos. Asumir que vas a equivocarte con algunas posiciones, y que las cosas saldrán de forma impredecible, es un marco mental flexible que te permite adaptarte cuando se ponen feas. Poco importará que adivinaras cómo sería el futuro, sino cuánto ganaste cuando acertaste y cuánto perdiste cuando estabas equivocado.

Como abría Delibes El camino: «Las cosas pudieron suceder de cualquier modo, y sin embargo sucedieron así».

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