La dificultad de una vida sencilla

Lo bueno de haber leído cientos de libros sobre inversión, o sobre cualquier campo de conocimiento que a uno le interese, es que algo de poso suele quedar y la teoría, aunque sea por mera repetición, la conocemos.

Ahorra, invierte y deja que el tiempo y el interés compuesto actúen. Ya está, nada más.

Por el camino puedes leer historia económica, comprender que “esta vez nunca es diferente” o soñar despierto con un mundo de abundancia al alcance de tu mano, pagando únicamente el precio de evitar pegarte un tiro en el pie cada vez que te viene a la cabeza hacer algo estúpido.

Sin embargo, la cruda realidad es que seguir el camino de una vida sencilla y hacer lo que uno sabe que es mejor no siempre es una decisión fácil. Los seres humanos tenemos la extraña capacidad de autosabotearnos y desviarnos del plan con extrema facilidad.

Nos pasa en múltiples aspectos de la vida. Todos sabemos que tener actividad física, no consumir tóxicos y llevar una buena alimentación nos da más energía para vivir mejor. No es algo opinable, simplemente es. Aun así, cuesta seguir ese camino, pero cuando lo seguimos y lo mantenemos en el tiempo, las recompensas no tardan en llegar y pensamos cómo hemos podido ser tan estúpidos durante tanto tiempo por no haberlo hecho antes.

Estas Navidades me fui con la familia a pasar unos días frente al mar. Ese mar que, especialmente en invierno y lejos de las aglomeraciones, nos recuerda que ya estaba cuando nosotros llegamos y que seguirá cuando ya no estemos.

Llamé a un buen amigo para preguntarle unas cosas y salió el tema de los mercados, y de cómo las subidas verticales de los últimos años le habían hecho vender una parte importante de la renta variable, anticipándose a una fuerte caída. Al fin y al cabo, los árboles no crecen hasta el cielo.

Reconozco que mi plan es simple, y, por qué no decirlo, peligroso. Elijo con esmero los activos en los que invierto, con un ánimo ,al menos inicial, de permanencia eterna. Compro de manera regular y mantengo, con la esperanza de que mis hijos o nietos lo disfruten algún día. Soy una persona de gustos sencillos y sin necesidad alguna de aparentar, por lo que, a día de hoy, no me resulta difícil seguir mi plan y llevar una vida plena.

La cuestión es que, mientras hablábamos , y como me ha pasado múltiples veces en el pasado, me hizo dudar.

Si alguien inteligente, con olfato para los negocios y un buen track record inversor, te plantea algo así, como poco debería hacerte considerar su punto de vista.

Dado que tengo fe en mi plan, y estoy dispuesto a pagar el precio cuando vuelva a venir una hecatombe bursátil ,cuya pregunta no es si pasará, sino cuándo pasará y cómo responderé, continué mi camino sin mover un ápice mi asignación de activos en el holding.

Sigamos.

Durante esos días festivos devoré varios libros sobre ciencias del comportamiento, negociadores del FBI y maneras de mejorar los modelos mentales que usamos, con el objetivo de seguir trabajando mis habilidades en esos campos.

Una de las cosas que más me impactó fue cómo los humanos usamos el reconocimiento de patrones.

En una entrevista a Schwarzman, de Blackstone, sobre cómo identificaba una oportunidad, básicamente se refería al uso de esta herramienta. Tras haberlas visto de todos los colores, simplemente se desarrolla un olfato que te va indicando si una oportunidad es o no positiva.

Jim Simons también lo veía así: realmente, todo iba de reconocer patrones, y las matemáticas eran la mejor herramienta para hacerlo.

De nuevo, la duda.

En los últimos seis meses del año se notaba menos apetito inversor en la industria, así como un cierto halo de desesperanza y miedo ante un posible conflicto bélico en Europa. Razones todas de peso para el pesimismo, algunas realmente preocupantes, pues pocos escenarios peores se me ocurren que una guerra. 

Mientras tanto, los mercados subiendo ajenos al mundanal ruido, dándonos motivos para estar preocupados ante esa disonancia cognitiva.

Pero, detengámonos un momento. ¿Los mercados viven el presente, o cotizan su visión del mundo unos cuantos meses u años por delante? A veces equivocadamente y otras de manera certera, pero es la información que nos trae su precio.

Y de nuevo, el retorno al plan.

En ese sentido, mientras leo el libro Reframe your brain, de Scott Adams, que tristemente ha fallecido esta semana, donde insiste en que nuestra realidad no depende tanto de los hechos objetivos como del marco mental desde el que los interpretamos. Cambiar ese marco ,”reencuadrar”, puede transformar un obstáculo en una oportunidad, un error en una lección o una pérdida en el precio de haber aprendido algo valioso. Me recordó que muchas veces no necesitamos que cambien las circunstancias, sino la forma en que las observamos. Aplicado a la inversión, esto significa mantener la calma y ver cada ciclo no como una amenaza, sino como otra iteración del sistema que hemos decidido seguir.

Ya he asumido que realmente no poseo nada. Que las cosas van y vienen, y que la abundancia de hoy es la escasez de mañana.

Sé que de aquí a cinco años las probabilidades de que me coma mis palabras y me autofustigue diciéndome a mí mismo por qué no vendí todo para evitar la caída son altas.

También sé que hoy estoy donde estoy porque, durante algunas décadas, me he mantenido fiel a mi plan. Mejor o peor. Con lluvia y con sol. Simplemente andando hacia adelante.

Esa fue mi decisión, y me gustaría respetarla durante las próximas décadas. Igual que lo es hacer deporte, no consumir tóxicos o tratar de mejorar mi alimentación.

No se trata de conseguir objetivos, sino de mejorar día a día mi sistema. Y sí, mejorar exige tener el valor de avergonzarte al ver que había una ruta mejor. Siempre la hay. Pensar que vamos a estar continuamente encontrándola es una utopía.

Es difícil que estas reflexiones lleguen a mucha gente, pero dado que por algún azar del destino ha llegado a tí, realmente me gustaría conocer cómo afrontas estas cosas. 

Si te animas a compartir tu experiencia, seguro que aprendemos.

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