Mi abuelo tuvo catorce hermanos y mi bisabuelo les obligaba siempre a salir juntos al menos en parejas y no dormía tranquilo hasta que todos estaban en casa. El mismo tuvo tres hijos y repitió exactamente el mismo guión. Mientras hacía deporte con mi padre esta mañana, le comentaba lo que me costaba ver en el horizonte inmediato la adolescencia de mis hijos. Seguro que no te sorprende mucho ver que mi padre heredó el gen y que tomó el mismo menú cuando mi hermana y yo éramos pequeños.
Aquí en la Comunidad Valenciana llamamos a ese rasgo del carácter ser «patidor», cuyo equivalente en castellano es padecedor. Básicamente es preocuparse por cosas que generalmente están fuera de nuestro control.
Hace unos años hice un máster sobre temas conductuales y la frase que más se me grabó a fuego fue la de «cuando te acercas a algo te alejas de algo». Todo cambio en sí mismo supone dejar ciertas cosas y acercarte a otras. Para dejar un mal hábito es mejor convertirte en la persona que hace otro buen hábito que no se puede llevar a cabo si mantienes el anterior. Es difícil hacer deporte de manera constante si fumas dos paquetes al día o te tomas diez cervezas, por poner un ejemplo extremo.
En el mundo empresarial, anticipar problemas es la tarea más importante del empresario. Vivir siempre con un ojo abierto, con miedo al futuro cuando las cosas van mal por razones lógicas, pero también cuando van bien porque seguro que pronto terminará lo bueno y llegará lo malo para equilibrar. Es una forma de ser y estar en el mundo, predecir escenarios y pensar en cómo afrontarlos. Suena bien sobre el papel, pero cualquiera que lo haya hecho el tiempo suficiente sabe que se paga un precio altísimo por ello. Noches sin dormir donde todo se ve mucho más negro, tensión constante, rumiación obsesiva, ansiedad… la factura es realmente cara a nivel de salud si no lo controlas.
Cuando profundizas en biografías de grandes empresarios, estrategas e inversores, ves que no lo hacen por pesimismo ni por falta de inteligencia. Al contrario, suelen ser personas tremendamente inteligentes. Ven escenarios que los demás ni imaginan, detectan riesgos antes de que nadie los haya nombrado, y eso en ciertos contextos tiene un valor extraordinario. En la inversión, por ejemplo, puede ser una bendición. Un buen inversor pregunta constantemente qué está pasando por alto, dónde está el riesgo no evidente, qué asume el mercado que quizá no sea cierto. Andrew Grove hizo famosa esa actitud con su «solo los paranoicos sobreviven», que no era un diagnóstico clínico sino una filosofía de negocio, la paranoia estratégica que salvó a Intel cuando abandonó las memorias y se centró en microprocesadores. Vigilancia constante, no ansiedad, aunque la línea entre ambas es peligrosamente fina.
El problema no es pensar mucho. El problema es pensar repetidamente sobre lo mismo sin producir claridad. Y ahí es donde el cerebro analítico, ese mismo que genera ventaja en los mercados, puede convertirse en una fábrica de sufrimiento hipotético. La rumiación no es análisis. Es análisis que ha perdido el norte y da vueltas en círculo, generando más escenarios, más variables, más ramas en el árbol de decisiones, y cero resolución. El cerebro cree que pensar más equivale a tener más control, pero muchas veces solo amplifica la ansiedad hasta que te consume.
Todos conocemos a ese perfil, o lo somos. El padecedor sufre dos veces, por lo que ocurre y por lo que cree que podría ocurrir. No espera al dolor, lo ensaya y lo reproduce en un análisis Montecarlo eterno. Lo rumia antes de que exista.
No hace falta que seas empresario, inversor o estratega. Pongamos un ejemplo que no necesita elaboración porque cualquier padre lo entiende de inmediato. Tus hijos son pequeños, todo parece relativamente manejable. Pero un día haces el cálculo y ves que en unos años serán adolescentes, saldrán de noche, habrá horas en las que no sabrás exactamente dónde están, tomarán decisiones sin consultarte. Y de pronto tu mente empieza a proyectar, a ramificarse, a fabricar escenarios de lo que podría pasar. No ha pasado nada todavía, pero el sufrimiento ya ha empezado.
Seguro que tu, en tu faceta inversora has pasado por periodos parecidos con tus fondos o acciones. Va demasiado bien ¿vendo ahora?¿compro más?. ¿Debería diversificar más la cartera?¿Concentrar?. Mi vecino se está haciendo de oro comprando y vendiendo X… Hay muchas variantes del mismo menú, sólo tienes que adaptarlo a tus gustos.
Brad Jacobs, fundador de XPO y GXO, representa aquí un modelo mental más útil que el del padecedor. Lo que llama la atención de Jacobs no es solo el historial empresarial, sino su arquitectura psicológica, la comprensión de que no necesitas acertar siempre, sino tomar suficientes decisiones con valor esperado positivo. Ese marco cambia todo, pues en lugar de obsesionarte con cada resultado, te centras en el proceso. No preguntas si saldrá bien, preguntas si es una decisión racional dadas las probabilidades y la información que tienes a mano.
Jacobs me gusta especialmente porque en su último libro «How to make a few more billion dollars» , incluso te dice sus recetas mentales para bajar la rumiación, haciendo meditación, etc. Pasa más parte del libro diciendo cómo lidia él con este asunto que lleva en su genética, que en cómo estructura el M&A que tan bien hace gracias precisamente a esa genética.
Conforme vas leyendo más y más entrevistas y biografías ves que en los grandes de verdad esto no es la excepción sino la norma. Deporte, rezar, meditar, yoga… cada cual con su receta para navegar la incertidumbre radical, equilibrando el mantener un ojo abierto como los cocodrilos sin morir por el deterioro físico y mental que produce estar continuamente estudiando situaciones, escenarios, etc.
Felix Dennis apuntaba en la misma dirección desde otro ángulo. Hacerse rico tiene costes invisibles, y la pregunta relevante no es si puedes lograrlo sino si realmente quieres pagar el precio. Querer control absoluto también tiene un precio altísimo, y conviene hacerse esa misma pregunta.
La inversión enseña esto con una claridad que pocas disciplinas igualan. Puedes hacer todo bien y perder dinero. Puedes hacer todo mal y ganar dinero. Eso incomoda muchísimo al ego, que confunde buena decisión con buen resultado y mala decisión con mal resultado, cuando en realidad son cosas distintas. El inversor que madura entiende que la calidad del proceso importa más que el resultado individual, y esa lección no se queda en los mercados, sirve para vivir sin que se te tueste el cerebro por la rumiación.
Tus hijos crecerán, correrán riesgos, cometerán errores y tendrán autonomía. No puedes eliminar el peligro, nunca del todo, y buscar esa certeza es la trampa del patidor, porque esa certeza no existe. La paz no llega cuando eliminas la incertidumbre. Llega cuando aceptas que siempre quedará algo fuera de control. La prudencia dice «he hecho lo razonable con la información que tenía en ese momento». El padecimiento dice «no he pensado suficiente», y nunca es suficiente porque lo que busca no existe.
Comentando hace unas semanas con Arturo sobre esto, como siempre me cuida más de lo que merezco, me regaló el libro Urban Enchiridion, que básicamente es una adaptación del libro original de Epicteto aplicado al día a día actual, especialmente útil para cualquiera que tenga que tomar decisiones, que al fin y a la postre somos todos.
Hay cosas que controlas y cosas que no controlas y entre medias está la vida. Y después de eso Finisterre.
Quizá madurar consista precisamente en eso, en dejar de exigirle a la vida garantías que no puede darte. En aceptar que el mero hecho de querer a los tuyos implica exponerse, que invertir implica equivocarse, que criar hijos implica preocuparse, pero también confiar. Al final, la serenidad no consiste en prever todos los escenarios. Consiste en saber que, aunque no puedas preverlos todos, podrás afrontar muchos de ellos cuando lleguen. Y eso en general, si no quieres acabar completamente paranoico o pasto de la ansiedad, debería bastar.

