Los domingos en general no tienen nada de especial y sí bastante de deprimentes para muchas personas, sin embargo, con los años y las canas, algunos se convierten en los más especiales de todos. El problema, como casi todas las grandes lecciones de la vida, es que uno solo se da cuenta cuando ya han pasado.

Es posible que nuestro cerebro acepte bien aquello de que cualquier tiempo pasado fue mejor. La verdad es que algunas veces es así y otras muchas no, pero solemos eliminar los recuerdos malos como mecanismo de protección.

Una comida en casa de los yayos, los que vivimos en el Levante. Los niños corriendo por el pasillo, gritando y zurrándose como de costumbre. Tu padre queriendo ver el Tour de Francia y tu madre consintiendo a tus hijos, con el consiguiente y justo cabreo de tu mujer. Nadie miraba el reloj. Nadie estaba en un hospital. Nadie necesitaba que le llevaran a ningún sitio.

Todavía no habían llegado los años de ser un Uber andante a tiempo parcial, ni de empezar a desvelarte a mitad de noche por la salud de los tuyos.

Alguien en las redes le puso nombre a ese momento: el parpadeo dorado. Ese periodo breve, casi efímero, en el que tus hijos todavía son pequeños y tus padres todavía están bien. Cuando las tres generaciones coinciden en la misma mesa y todas pueden disfrutar de ella.

Lo de parpadeo no es casualidad. Dura poco y casi nunca nos damos cuenta mientras sucede. Uno lo vive con la cabeza puesta en la hipoteca, en el colegio de los niños, en la reunión del lunes o simplemente en el día a día. Lo resumió bastante bien Lennon con eso de que la vida es aquello que sucede mientras haces planes.

Este artículo lo escribe con algo de tristeza, alguien que ya ha levantado la vista bastante más de lo que le gustaría. Va para quienes todavía están dentro del parpadeo, pero también para los que, como muchos de nosotros, estamos saliendo de él.

Chen, mi profesora de chino, me estuvo contando hace algún tiempo, que los chinos, que llevan unos cuantos milenios pensando en la familia, tienen una expresión para el reverso de esa moneda: 上有老,下有小 (shàng yǒu lǎo, xià yǒu xiǎo). Literalmente, «arriba hay viejos, abajo hay pequeños».

Se dice de quien está en mitad de la vida y carga a la vez con unos padres que ya necesitan cuidados y con unos hijos que todavía dependen de él. Es una frase que se pronuncia con un suspiro. A veces como excusa, a veces como queja, casi siempre como descripción de una presión que no siempre se ve, pero definitivamente se siente.

En Occidente lo llamamos generación sándwich, y los chinos también han adoptado la metáfora: 三明治一代. El relleno del bocadillo. Incluso existe ya la versión club sándwich, para quienes además de padres e hijos empiezan a echar una mano con los nietos.

Lo curioso es que el parpadeo dorado y el 上有老,下有小 describen exactamente a las mismas personas. Mismos padres, mismos hijos, misma mesa. La única diferencia es si los de arriba todavía suman o ya empiezan a necesitar. Y esa frontera, que se cruza un martes cualquiera cuando acompañas a una visita del médico, casi nunca se ve venir.

No es un fenómeno exótico. Según el Pew Research Center, el 54 % de los estadounidenses de entre 40 y 49 años tiene un padre de 65 o más y a la vez cría a un hijo menor o mantiene a uno adulto. Entre los cincuentones el porcentaje ha pasado del 36 % al 45 % en apenas cuatro años.

Otro día abriremos el melón de cómo está cambiando la demografía.

Hace unos días, Sergio Parra, con quien grabaremos un podcast +D en breve, comentaba en su cuenta de X que en 2020 el economista David G. Blanchflower, del Dartmouth College, publicó un trabajo con un título que ya es una pregunta: ¿Tiene la felicidad forma de U en todas partes? Analizó el bienestar subjetivo en 145 países, 109 de ellos en desarrollo, controlando por educación, estado civil o situación laboral.

La respuesta fue un sí rotundo. La felicidad empieza fuerte en la juventud, va bajando y toca fondo en mitad de la vida, alrededor de los cincuenta años. Después, curiosamente, vuelve a subir. Pasa en países ricos y en países pobres, en Europa y en África. Y en Europa y Estados Unidos ese punto mínimo se ha ido retrasando con el tiempo.

No era la primera vez. En 2008 el propio Blanchflower, junto con Andrew Oswald, ya había encontrado esa misma U con datos de medio millón de personas. Ha habido críticas, como la de Norval Glenn, que discute las variables de control. Pero la forma de la curva se resiste a desaparecer.

Ahora fíjate en la edad. Ese fondo de la U, los cuarenta largos y los cincuenta, coincide casi al milímetro con el pico de la generación sándwich. Hijos que todavía dependen, padres que empiezan a depender, carrera profesional en su momento de máxima exigencia. El 上有老,下有小 en estado puro.

Blanchflower no dice que la causa sea esa, ojo. Pero cuesta no ver la relación.

Hay, eso sí, una buena noticia escondida en la U pues después del fondo, la curva vuelve a subir. Quien está saliendo del parpadeo y entrando “en el bocata” no ha llegado al final de nada. Está, como mucho, en el tramo más bajo de un camino que sigue.

Hay otro estudio que me parece revelador. Jennifer Glass, Robin Simon y Matthew Andersson compararon en 2016 la felicidad de padres y no padres en 22 países de la OCDE. En muchos los padres eran menos felices. Pero esa brecha se explicaba por completo por las facilidades para combinar trabajo y familia. Donde había margen, la penalización desaparecía, y en Noruega o Hungría los padres eran incluso más felices. Lo que pesa no son los hijos. Es la falta de tiempo y de colchón.

Y por el otro lado de la mesa, un dato que reconcilia con la vida. Un equipo del Instituto Max Planck siguió durante casi veinte años a más de 500 personas de entre 70 y 103 años del Estudio de Envejecimiento de Berlín. La mitad de los abuelos que cuidaban de vez en cuando a sus nietos seguían vivos diez años después. La mitad de los que no ayudaban a nadie habían fallecido en cinco. Eso sí, con un matiz importante, pues el cuidado ocasional sienta bien, el cuidado intensivo y obligado no.

Es decir, el parpadeo dorado no solo es bonito. Según parece, también va de la mano de una vida más larga para quienes lo disfrutan.

En España las madres tienen su primer hijo, de media, a los 31,5 años. Si nuestros padres nos tuvieron más o menos a esa edad, rondarán los sesenta y pocos cuando nazca su primer nieto. Y según los datos de INE y Eurostat que recoge la Fundación BBVA, un español que llega a los 65 tiene por delante unos 21,7 años de vida, pero solo unos 10,3 sin discapacidad.

Diez años. Más o menos lo que tarda un recién nacido en convertirse en un preadolescente que ya prefiere quedarse con sus amigos antes que ir a comer con los abuelos.

Ahora haz la cuenta en domingos. Si vas a comer con tus padres una vez al mes, en esa década caben unas 120 comidas. Si vives lejos y os veis en verano y en Navidad, quizá veinte. Dicho así, de repente, el parpadeo deja de ser una metáfora.

Y fíjate que la tendencia va en contra. Cada vez tenemos los hijos más tarde, así que los abuelos llegan al parpadeo con más años encima y el solapamiento se estrecha. Vivimos más, sí, pero no necesariamente vivimos más años buenos.

Y si al hacer la cuenta descubres que esa década ya ha pasado, o casi, no te tortures. Le ocurre a la mayoría. 

A los que nos gusta esto de invertir, también nos gusta hablar de rentabilidad, de interés compuesto, de horizonte temporal. Y sin embargo tendemos a olvidar que el tiempo es el único activo que no se puede comprar, ni apalancar, ni recuperar con un mercado alcista.

El parpadeo dorado tiene algo de oportunidad de inversión. Tiene fecha de caducidad, su valor solo se aprecia con los años y casi nadie le presta atención mientras lo tenemos delante de las narices. Como tantas cosas en la vida, que solo valoramos cuando ya no están.

No se trata de dejar de trabajar ni de ahorrar. Se trata de ser consciente de que hay años en los que una tarde con tus padres y tus hijos rinde más que cualquier hora extra. Y de que si llegas a ese punto con las cuentas ordenadas, tendrás menos motivos para no estar.

Porque el 上有老,下有小 llega igualmente. Para casi todos. La diferencia está en cómo te pilla.

Te pilla mejor si has hablado con tus padres de su patrimonio, de sus deseos, de quién firma qué si un día ellos no pueden. Esa conversación incómoda que todos aplazamos se tiene mucho mejor en pleno parpadeo, con un café delante, que en la sala de espera de un hospital.

Te pilla mejor si tienes un colchón que te permita reducir jornada, pagar una cuidadora o simplemente coger un avión sin mirar el precio. El estudio de Glass y sus colegas apunta en esa dirección, diciendo que lo que más pesa no es la carga en sí, sino no tener margen para llevarla.

Y te pilla mejor si tu propia casa está en orden. Porque tú también serás algún día el de arriba en el 上有老 de tus hijos. Y cuanto más claro les dejes todo, menos les pesará el bocadillo.

Los domingos cambian. Las comidas se acortan, en la sobremesa se habla más de médicos que del tour o de justificar que “déjalos, que son niños”. Nadie avisa de que el parpadeo ha terminado. Simplemente un día te das cuenta.

Pero que el ojo se haya cerrado no quiere decir que se haya acabado el día. Quedan otros momentos, más breves y menos dorados, que también merecen que se les mire de frente.

Los parpadeos no se pueden alargar. Pero sí se pueden tener los ojos abiertos mientras duran. Y quien sabe si también después. Ya les contaré.

Referencias

•             Blanchflower, D. G. (2021). Is happiness U-shaped everywhere? Age and subjective well-being in 145 countries. Journal of Population Economics, 34, publicado online en 2020. DOI: 10.1007/s00148-020-00797-z.

•             Blanchflower, D. G. y Oswald, A. J. (2008). Is well-being U-shaped over the life cycle? Social Science & Medicine, 66(8), 1733-1749.

•             Glenn, N. (2009). Is the apparent U-shape of well-being over the life course a result of inappropriate use of control variables? Social Science & Medicine.

•             Glass, J., Simon, R. W. y Andersson, M. A. (2016). Parenthood and happiness: Effects of work-family reconciliation policies in 22 OECD countries. American Journal of Sociology, 122(3).

•             Hilbrand, S., Coall, D. A., Gerstorf, D. y Hertwig, R. (2017). Caregiving within and beyond the family is associated with lower mortality for the caregiver: A prospective study. Evolution and Human Behavior, 38(3).

•             Pew Research Center (2026). More than half of Americans in their 40s are ‘sandwiched’ between an aging parent and their own children.

•             INE (2025). Península Ibérica en cifras: edad media de la maternidad.

•             Fundación BBVA (2025). Esenciales 07/2025: Calidad de vida de los mayores.

•             China Daily (2012). 上有老,下有小 y la generación sándwich.

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