Entender el pasado

No se puede entender cómo somos los españoles sin ver, con algo de distancia, de dónde venimos.

Tal vez cien años parezcan mucho, pero la historia humana no es más que una mota de polvo en el tiempo. Tres o cuatro generaciones esparcidas por el mundo, todas creyéndonos únicos y especiales, en una obra de teatro en la que somos generalmente irrelevantes.

Hace unas semanas, curioseando sobre libros, vi uno que me llamó la atención, How to Get Rich in American History, donde el autor repasa la historia americana y cómo se ha ganado dinero en los diferentes periodos. Qué verdades eran comúnmente aceptadas y cuáles se demostraron válidas en su momento y cuáles fueron completos fracasos.

Como español que lleva a cuestas sus contradicciones, tengo bastante interés en conocer nuestra historia y entender por qué pensamos como pensamos. Nuestros mejores y peores rasgos son las soluciones adaptativas que como país nos fueron configurando. Sin embargo, a diferencia de nuestros vecinos anglosajones, poco hay sobre esto en nuestras bibliotecas, y si lo hay, al menos yo no he podido encontrar mucho.

Leyendo La forja de un rebelde, de Arturo Barea, uno se mete de lleno en cómo era esa sociedad de principios de siglo. Ese país de curas y sotanas, de caciques y nobles. De ascensores sociales averiados por los que difícilmente se podía subir. Un país eminentemente agrícola donde conseguir algo de tierra propia era la forma de no pasar hambre.

Como empresario, muchas veces me duele ver cómo es una figura que aquí se contempla como sospechosa, fraudulenta o simplemente heredada. Pero si uno echa la vista atrás, es fácil entender de dónde viene ese recelo pues gran parte de los negocios en España se han hecho tradicionalmente con el Estado por el medio, a base de concesiones, licencias y favores. En un país sin tierra que repartir ni capital que arriesgar, la fortuna no solía nacer de competir mejor, sino de estar cerca de quien firmaba los permisos. Con esa historia a la espalda, que el éxito ajeno despierte antes la sospecha que la admiración deja de ser un defecto de carácter y se entiende como lo que es, una cicatriz.

De esa misma raíz viene, creo, algo que como profesional del sector veo cada día. Puede uno entender por qué a día de hoy las Empresas de Asesoramiento Financiero (EAF) son testimoniales, en un país dominado por la gran banca a la que no se le paga nada por asesorarte, para acabar pagándole todo con productos prohibitivos y mediocres. Y no es casualidad. El mismo paternalismo que ejercían el cura, el cacique y el señorito lo heredó después la sucursal de toda la vida, alguien de arriba, con más información que tú, que «te cuida» mientras decide por ti. Pagar a un tercero independiente por que te aconseje choca de frente con esa mentalidad, porque presupone dos cosas que aquí costó siglos dar por normales, que tu dinero es tuyo para gestionarlo con criterio propio, y que la confianza se compra con transparencia, no con cercanía ni con apellidos.

Todo esto viene de allí, de su raíz, del imaginario español y de la pérdida de los territorios de ultramar que llenó de pesimismo ante el futuro a la sociedad española. De Larra y su «En este país», del «no tenemos remedio», del odio cerval al que piensa distinto y de nuestra guerra civil. Negar eso es negar nuestra herencia y nuestros pensamientos más profundos.

Sin embargo, uno es mucho más optimista que todo eso y lo ve como una parte de nuestra historia que también dejaremos atrás. Con nuevas miserias y problemas, pero con más futuro y más progreso. No estamos condenados a ser un país invivible.

El domingo ganó la selección española, dando una lección al mundo sobre el esfuerzo común, la diversidad y el pensamiento en décadas. Dicen los que saben de fútbol que la semilla la plantó Luis Aragonés, que le echó un par para no convocar a Raúl y hacer de verdad un equipo. Tiempo después le siguió Vicente del Bosque, con aquella humildad y aquel trabajo duro que tantas alegrías nos trajeron cuando el que escribe aún no tenía una sola cana. Ahora fue el turno de De la Fuente, al que da gusto escuchar por los valores que transmite con su imagen sencilla y sin adornos.

Esto también es la España actual. La de los domingos en los aeropuertos, en los que tantos pequeños empresarios y currantes viajan por todo el mundo para hacer negocios. La de la tecnología que también se desarrolla aquí, aunque se conozca muy poco. La de bastantes empresas del Ibex o del Mercado Continuo que son líderes mundiales. La de gente, en definitiva, que se niega a tragarse el cuento de que nuestras vidas deben ir en declive porque los anglos así lo han decidido.

No quiero negar la corrupción, ni todas las cosas que nos frenan como sociedad, que son muchas. Pero quizá, entre quejarnos y hacer algo, la disyuntiva no sea tan estéril.

Hablando con un buen amigo, que ha vivido muchos años en Suecia, me decía que allí la cultura financiera era algo totalmente normalizado. Le comenté nuestras iniciativas para tratar de poner nuestro granito de arena, y mi esperanza de que la sociedad sí está cambiando a mejor en eso.

Queda mucho por hacer, pero los cambios importantes no se dan de hoy para mañana. Qué más da que alguien invierta en dividendos, o se indexe, o invierta en lo que sea que conozca bien. Lo importante es que cada día algunos se atreven a romper con aquella herencia y se abren a confiar en el progreso.

Y sí, yo quiero pensar que hay un futuro prometedor por delante, si logramos darles los referentes adecuados a las nuevas generaciones. Si el fútbol ha dado esperanza, ¿qué no se conseguirá si cada uno de nosotros apuesta por un futuro mejor y pone su grano de arena cada día?

Ya lo sabemos. Gradualmente, y luego de golpe.

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